Es una
gracia encontrarnos en el día en que el Corazón de Jesús se deja contemplar por
nosotros como el corazón de la historia. Me alegra celebrar con ustedes la
Eucaristía, dando gracias por la fe y la caridad de las que he recibido tantos
testimonios en este viaje apostólico y que hacen también a este archipiélago,
tan conocido por su belleza y su acogida, un lugar donde el Señor Resucitado
nos precede y se manifiesta. Frente a nosotros el mar evoca el infinito, y así
lo hace también el cielo; pero infinito es sobre todo el deseo que une el
corazón de Dios a tantos corazones humanos, cuyas alegrías y esperanzas,
tristezas y angustias encuentran eco en el corazón de la Iglesia (cf. Gaudium et spes, 1).
Ningún ser humano es una isla; la ubicación geográfica de esta diócesis y los
desafíos pastorales que la comprometen atestiguan que hemos nacido para el
encuentro y que no hay obstáculo, distancia, peligro o amenaza que pueda
impedir a cada uno su viaje. Sea permaneciendo durante una vida entera en el
mismo lugar, sea eligiendo o estando obligados a partir, nadie permanece nunca
quieto. Este es el secreto del corazón: la llamada íntima al éxodo y al
encuentro.
Pero el Corazón
de Jesús nos revela cómo no perdernos en un dinamismo estéril: «Dios envió al
mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él» (1
Jn 4,9). Hay vida cuando se da vida. De otro modo, se gira en el
vacío. En efecto, «como recuerda el Concilio, el ser humano
está llamado a la comunión con Dios y “no puede encontrar su propia plenitud si
no es en la entrega sincera de sí mismo”; su vocación más profunda es la de
entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido» (Magnifica humanitas,
48). El Papa Francisco observaba:
«Muchas personas experimentan un profundo desequilibrio que las mueve a hacer
las cosas a toda velocidad para sentirse ocupadas, en una prisa constante que a
su vez las lleva a atropellar todo lo que tienen a su alrededor. Esto tiene un
impacto en el modo como se trata al ambiente» (Laudato si’, 225). Son
palabras que interpelan también la vocación turística de Tenerife, sea respecto
al corazón del que decide pasar aquí un período de vacaciones, sea para el que
vive y trabaja en la isla, en contacto con visitantes de tantos países del
mundo. ¿Qué busca el corazón humano? ¿Cómo responder a su sed de manera no
engañosa? Qué importante es, especialmente para quien se deja orientar por el
Evangelio, no reducir todo a comercio y beneficio. «Quienes disfrutan más y
viven mejor cada momento son los que dejan de picotear aquí y allá, buscando
siempre lo que no tienen, y experimentan lo que es valorar cada persona y cada
cosa, aprenden a tomar contacto y saben gozar con lo más simple. Así son
capaces de disminuir las necesidades insatisfechas y reducen el cansancio y la
obsesión» (ibíd., 223).
Interpreten así, queridos hermanos y hermanas, su vocación a la acogida.
(…)
Desde este puerto, que lleva el nombre de la
Santa Cruz, mi pensamiento se extiende al mundo entero y a sus heridas, que
hacen sufrir a pueblos enteros. A todos quisiera repetirles el lema de este
viaje: «¡Alzad la mirada!». Sí, dirijamos la mirada a Cristo Crucificado; su
Corazón es la fuente de la misericordia, la única que puede salvar a la
humanidad necesitada de perdón y de reconciliación para alcanzar una paz
verdadera y duradera. ¡Levantemos la mirada como lo hizo María, la Madre de
todos los que sufren, y guiados por ella retomemos el camino con esperanza!



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